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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XXVI

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª Lectura: Am 6,1ª.4-7
2ª lectura:  1ª Ti 6,11-16
3ª lectura:  Lc 16, 19-31

El profeta Amós se dirige a los bien acomodados, poderosos y ricos de Samaría (primera lectura), que encuentran la justificación de su bienestar o buena vida en la situación política y en la prosperidad agrícola en tiempos de Jeroboán II. La situación era similar en todo Israel. De ahí el paralelismo un tanto sorprendente de Sión (Jerusalén) – Samaría. El extraordinario lujo de la vida es descrito mediante el recurso al uso de muebles de maderas preciosas, como camas de marfil con inscripciones de divinidades, animales y otros motivos (3,15; Sal 45,9); el recostarse sobre divanes, probablemente costumbre extranjera, que era considerado como un afeminamiento; las fiestas celebradas a diario con las carnes más selectas de los establos y rebaños (1S 28,24; Lc 15,23-30). Todo ello debía ser regado con vino generoso y ambientado con música selecta y perfumes exquisitos. Un lujo que no podía mantenerse largo tiempo y que, como consecuencia, terminaría en la ruina y en el desierto.

 

El contrapunto entre la vida lujosa y la pobreza irritante lo expone Lucas en una maravillosa parábola: la del rico egoísta y el pobre Lázaro (tercera lectura). El relato del rico insensato y del pobre Lázaro, más que una parábola es una narración ejemplar. Los protagonistas del ejemplo son el rico egoísta, sus cinco hermanos y los lectores. Los cinco hermanos y los lectores no quieren correr la misma suerte última del rico egoísta. Para evitarla, Jesús les propone que sigan  su enseñanza y la del AT sobre la necesidad de ayudar al necesitado, simbolizado en la parábola por Lázaro. Sólo así llegarán a ser verdaderos hijos de Abrahán.

 

Nos encontramos ante uno de los ejemplos que han ofrecido más posibilidades de interpretación a los exegetas. La simple lectura del mismo nos hace pensar inevitablemente en el cambio radical que experimentó la suerte de sus protagonistas en la vida de ultratumba. Cesan las desigualdades humanas y es aplicada la ley de la compensación. Una de las consecuencias que brotan también espontáneamente de esta narración es que las riquezas que constituyen el bien supremo de los hombres pueden terminar, como en el caso narrado, en desgracia irreparable. Ni la pobreza es un mal absoluto. Puede ser causa de una recompensa eterna.

 

La parábola tiene en cuenta estas dos posibilidades. La fe auténtica no se basa en el sensacionalismo. Tiene como esencial punto de referencia la manifestación divina y la aceptación de su palabra, cuya autoridad supera la fuerza que puedan tener todos los milagros imaginables. A ellos se refiere la probable interpretación de Lucas al rechazar la petición del rico egoísta: “si se les aparece un muerto, se convertirán (vv.30-31). En el pensamiento lucano se halla presente la resurrección de Jesús. ¿Ayudó ella algo a la mayoría del judaísmo?.

 

El nombre del rico egoísta es silenciado. Se nos da, en cambio, el del pobre. Éste es presentado como símbolo del “pobre ideal”. Lázaro (su nombre en hebreo equivale a Eleazar) significa “Dios ayuda”. El pobre Lázaro es una figura representativa de aquellas personas que ponen toda su esperanza en la ayuda de Dios. Lázaro, después de muerto, vive “en el seno de Abrahán”, es decir, en la misma intimidad en la que él vive en el banquete mesiánico o en la participación en la vida de Dios (Lc 13, 28-29). La referencia a Abrahán es un tema predilecto de Lucas (Lc 1,72-73; 3, 7-11. 34; 13, 16. 28-29; 19,9: 20,37). Lucas quiere destacar que las palabras, por mucho que se multipliquen, no generan hijos de Abrahán. Son los hechos, la ayuda al necesitado, lo que constituye un nuevo modo de vida abierto a los demás, el “Israel de Dios” (Ga 6,16).

 

El rico egoísta vive en el tormento de la lejanía del Reino, que es escenificado con las imágenes tradicionales de la apocalíptica judía: ni una gota de agua en el desierto asfixiante. Pero todavía cabe preguntar, ¿tenemos ahí el centro del interés parabólico? A veces se han cargado excesivamente las tintas en la descripción de los dos protagonistas de la parábola. Se ha pintado al rico epulón como un usurero implacable, sin el más elemental sentimiento humano de conmiseración para con aquel necesitado que le tendía la mano con el corazón puesto en Dios. No creemos que fuese ésa la falta que determinó un cambio tan radical en la vida del más allá. Lo que realmente hizo culpable al rico fuesu servicio a las riquezas. De los dos señores que solicitan nuestra sumisión se decidió por Mammon. El rico epulón es sencillamente un hombre de mundo que vive para disfrutar de su riqueza. Una figura representativa de todos aquellos a quienes Dios no les preocupa en absoluto.

 

Junto al rico surge por contraste la figura del pobre Lázaro. No podemos pensar que la pobreza material haya sido la causa exclusiva de su recompensa. Sería no conocer el Evangelio ni el alcance de las bienaventuranzas. Si san Lucas se limita a presentarle como pobre es porque ese término connotaba, ya en el AT, un aspecto de religiosidad, de devoción, de confianza en Dios.

 

La condenación del rico obedece, en definitiva, a no haberse decidido por el Reino, a su indiferencia frente a la seriedad del momento. Y vemos confirmada esta enseñanza de la parábola en la petición última que el rico epulón hace a Abrahán: “Te ruego, padre, que siquiera le envíes a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta, a fin de que no vengan también ellos a este lugar de tormento”.

 

Abrahán no accede a su petición. También Cristo rehusó hacer “las señales del cielo” que le pedían los fariseos (Mc 8,12). Sencillamente porque quien no se inclina reverente ante la palabra de Dios, ante las exigencias del Reino, tampoco lo hará ante los milagros: Y ello porque también los milagros son palabra de Dios; si no son palabra no son nada. La salvación del hombre está en la aceptación de la Palabra,  no en la admiración de sus milagros. Aunque los milagros sean necesarios para creer (Jn 20,30-31). Pero sin la fe en la Palabra y el cumplimiento de sus exigencias, los milagros resbalan infructuosamente. La resurrección de Lázaro endureció todavía más el corazón de los judíos que habían negado la fe a Cristo (Jn 11,46).

 

La parábola no condena las riquezas. Condena a aquellos que las convierten en su dios. El cambio de suerte del rico insensato y del pobre Lázaro no es revanchismo. No. La clave de interpretación nos la da el hombre rico en su diálogo con el padre Abrahán cuando, al referirse a sus hermanos, le dice que se convertirán. Por tanto, la clave de la historia está en la conversión: el rico no se convirtió; se supone la conversión en el pobre Lázaro. Lo malo del rico fue convertir a sus riquezas en su dios. No administró rectamente sus bienes. Sólo el evangelio, personificado en Jesús, tiene poder salvador.

 

El destinatario de la carta (segunda lectura) es llamado “hombre de Dios (como en el AT, 1R 12,22: ”Pero Semeyas, “hombre de Dios”, recibió palabra de Yahvé, diciendo...”), es decir, un instrumento puesto a su servicio. Como tal debe huir de la tentación del dinero como del máximo peligro. El tiene una finalidad más noble y corre en un estadio con mejores metas. Son mencionadas la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza; su capacidad para mantener incansablemente el amor perdonador de los defectos ajenos. La victoria de esta lucha permanente está en alcanzar la corona de la vida eterna, algo inalcanzable sin la promesa y ayuda de Dios.

 

Los estímulos mencionados a continuación: la respuesta a la llamada de Dios visibilizada en la ordenación de Timoteo para el ministerio de la palabra; el compromiso ante los testigos que la presenciaron; la obligación de guardar el gran mandamiento en una conducta sin mancha hasta el día de la venida de nuestro Señor Jesucristo; la presencia constante ante el Dios creador y el redentor que, en su día, le premiará con el don supremo de la bienaventuranza, que incluye mucho más de lo merecido por el propio esfuerzo.

 

Felipe F. Ramos

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