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TIEMPO ORDINARIO, Domingo XXXII

Lecturas Bíblico-Litúrgicas:

1ª lectura: 2 M 7,1-2. 9-14
2ª lectura: 2Ts 2,15- 3·,5
3ª lectura: Lc 20,27-38 

Los mártires surgen como fruto de la fidelidad a la fe heredada y con valentía profesada (primera lectura). El martirio de los siete hermanos macabeos que mueren, juntamente con su madre, por no doblegarse ante aquello que era opuesto a su fe, es un buen ejemplo de ello. Se trata de una historia edificante, una epopeya religiosa, un relato épico. Su fundamento histórico debemos buscarlo en el intento de abolir la fe judía e imponerles las costumbres del mundo griego (lo que llamamos “helenización” de Palestina). El perseguidor más encarnizado del pueblo de Dios fue Antíoco IV Epífanes, siglo segundo a. C. Entonces murieron muchos judíos por fidelidad a su fe. Los siete hermanos y su madre, son una mera selección que nos ha sido presentada muy idealizada y legendarizada. A nosotros nos interesa descubrir la enseñanza religiosa que intenta transmitirnos el texto sagrado. Son dos los temas importantes:

 

1º) El valor expiatorio de los sufrimientos del justo. El tema había aparecido ya antes de llegar al presente relato (2M 5,17-20 y 6, 12-17), pero nuestra narración lleva la idea más lejos al indicar que, con la muerte de los mártires, puede terminar la cólera de Dios (v.38).

 

2º) La esperanza de la futura resurrección. En nuestro caso se expresa con especial vigor y precisión a través de las palabras pronunciadas por el segundo de los hermanos en el momento de morir: Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su Ley, el rey del universo nos “resucitará” para una vida eterna. Hasta la crisis macabea  los israelitas no tuvieron idea clara del dogma de la resurrección. A través de algunos salmos se dejan entrever fugaces rayos de luz  a modo de intuiciones esporádicas (Sal 16, 10-11; 49,16; 73,24), pero una formulación clara y generalizada no aparece hasta el libro de Daniel (12,1-3) y nuestro pasaje del segundo de los Macabeos. Los israelitas creían  ir todos a juntarse con sus antepasados en el seol, donde tenía lugar una supervivencia flácida y sin consistencia, que apenas merecía el nombre de tal, pues se trata de una existencia puramente pasiva sin actividad alguna.

 

Debemos destacar que, en nuestro texto, nos encontramos con la creencia en una resurrección restringida. El cuarto hermano niega la resurrección para una vida religiosa al rey e implícitamente a todos los impíos: Tú, en cambio, no resucitarás para la vida (v.14) . Con todo no escaparán al juicio divino (v. 35).

 

La historia precedente dio pie a los saduceos para elaborar la parodia más burda sobre el tema de la resurrección (tercera lectura). La prehistoria de la discusión hay que verla en el AT donde, como hemos dicho, el pensamiento de la resurrección comienza a intuirse tardíamente. Como en los primeros libros, en el Pentateuco, que eran los únicos que admitían los saduceos, no aparece la cuestión de la resurrección, ellos la negaban por “fidelidad” a sus creencias. Se trataba de una “novedad” no anunciada por Moisés. Cuando se habla del “liberalismo” de los saduceos no se hace justicia al problema. Su actitud no era liberal, sino fanática; falseaban la tradición más sagrada de su pueblo que aceptaba el enriquecimiento de la ley divina anunciada por los portavoces de la Tradición que se apoyaba en Moisés y en los demás portadores de la revelación de Dios; su “liberalismo” era “reduccionismo” anquilosado, inmovilista e inmovilizante. Aquí estaba su gran argumento para negar la resurrección. Poco convincente, ¿verdad?.

 

En el evangelio de Lucas los saduceos únicamente aparecen en este pasaje. Pero tanto en éste como en otros, fuera del evangelio (Hch 4,1; 5,17; 23,6ss; siempre son presentados desde esta característica de negar la resurrección. El último pasaje citado se refiere al alboroto provocado intencionadamente por Pablo al afirmar que él era fariseo y que era juzgado por su fe en la resurrección, estando presentes los saduceos. Si no ocurrió exactamente así, pudo haber ocurrido).

 

Los saduceos justificaban su actitud teniendo en cuenta que la fe o la esperanza en la resurrección no podía defenderse desde la ley de Moisés, en el Pentateuco; por tanto, su postura estaba exigida por fidelidad a la Tradición. Los fariseos, por el contrario, admitían todos los demás libros sagrados: Profetas, Salmos, Sapienciales e incluso la tradición oral recibida de los antepasados, a la que concedían la misma autoridad que a la Escritura.

 

El caso que los saduceos  exponen a Jesús –teóricamente posible desde lo que se llama la ley del levirato, Dt 25,5ss- es, en realidad, una verdadera mofa de la doctrina de Jesús sobre la resurrección, la ridiculización extrema de una doctrina que sonaba a algo absolutamente nuevo e inaceptable. La “·fidelidad” al texto les había convertido en meros repetidores, epígonos anquilosados. Entendían por fidelidad la mera y pura repetición del pasado. Las nuevas aportaciones eran novedosas e inaceptables.

 

Los saduceos defendían  su actitud teniendo en cuenta dos frentes opuestos: el constituido por los fariseos, que defendían, como ellos, la ley intocable del levirato, por un lado, y la enseñanza de Jesús, por otro. En relación con los fariseos, pretendían colocarlos en una situación confusa llevando la ley del levirato hasta un extremo tan pueril y ridículo que les obligaría igualmente a rechazar la fe en la resurrección. Su esperanza en la resurrección era inadmisible desde la propuesta saducea. Además, les consideraban en oposición a Moisés al que no se le habría ocurrido proponer una cuestión que, tal como era planteada por los saduceos, provocaba la hilaridad. Moisés era un maestro y un legislador mucho más serio. Por tanto, los fariseos son combatidos aquí por los saduceos con sus propias armas.

 

Inseparablemente unido a este frente anti-fariseo consideraban también la enseñanza de Jesús que, como los fariseos, defendía la esperanza en la resurrección. Mantendría, por tanto, una esperanza entusiasta, pero ilusa; una escatología absolutamente fantástica. En su respuesta, Jesús tiene también delante dos frentes, como les había ocurrido a los saduceos. En primer lugar se dirige a los fariseos. Quiere establecer con la máxima claridad posible que coincide con ellos en el hecho, pero que, al mismo tiempo, se halla a cien leguas de ellos en cuanto al modo o la forma de la misma. La doctrina farisea se imaginaba la vida del más allá como la realización plena de lo que el hombre no había podido conseguir en el más acá. A la pregunta saducea los fariseos hubiesen respondido diciendo que sería la mujer del primero que la tuvo.

 

Jesús piensa de manera distinta y, frente al cómo, afirma: la resurrección no debe ser imaginada como la reanimación de un cadáver. Se trata de una nueva vida, de la participación plena en la vida de Dios. Afirma, además, que los resucitados serán “como los ángeles de Dios”, que no comen ni beben ni tienen mujeres (Tb 12,19). Entre ellos no existe matrimonio ni descendencia. Realmente los oponentes de Jesús estaban muy equivocados.

 

En el fondo, la representación farisea de la resurrección no distinguía la vida futura de la presente; simplemente sería más bella, más atractiva, más rica, más productiva, sin ningún problema. En esta descripción se apoyaría Mahoma para prometer a los creyentes en el más allá de la muerte una vida en la que gozarían de todo lo deseable y no alcanzado en la vida presente, añadiendo al blanco y negro de la vida actual el inmenso y riquísimo colorido que la imaginación puede suscitar cuando a la esperanza se refiere.

 

En la enseñanza de Jesús la vida futura no responde a los deseos y proyectos humanos. El proyectista y creador de la misma es Dios. El solo. Una comisión humana agregada para perfilar la vida deseada estropearía el proyecto. Por una razón muy sencilla: la vida futura se diferencia de la presente en la misma proporción en que la vida de Dios y la forma de la misma se distingue de la del hombre (1Co 15,35ss; en los versos 42b-44 afirma Pablo: se siembra en debilidad, se resucita en fuerza. Se siembra cuerpo animal, se resucita cuerpo espiritual. Si existe un cuerpo animal, existe también un cuerpo espiritual”. “El transformará  nuestro mísero cuerpo (el calificativo “mísero”, aplicado al cuerpo, no se refiere a las limitaciones del mismo, sino a la privación de la gloria-doxa, que poseerá a partir de la resurrección) en un cuerpo glorioso semejante al suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas” (Flp 3,21).

 

Jesús debe centrar su respuesta en el punto esencial en el que se apoyaban los saduceos: el matrimonio. La vida resucitada excluye la muerte. Si ésta cesa no tiene por qué pensarse en el matrimonio, encargado originariamente de la transmisión de la vida. Si ésta permanece, si no se acaba, si participa de la plenitud de la vida de Dios, queda excluido, por innecesario y superfluo, el encargo que Dios hiciera al hombre en los orígenes de ser transmisor de la vida (Gn 1,28).

 

El amor dejará de ser pasional. La mutua atracción será incluso mucho más fuerte que en el mundo humano. Se realizará, como el de los ángeles, más allá de todo sentimiento, en toda su pureza, como el amor de Dios que centrará en sí mismo el amor humano, tanto el masculino como el femenino. ¿Nos obligaría esto a pensar  que a todos, buenos y malos, se les promete el cielo, sin más? Como respuesta deben ser tenidas en cuenta las palabras de Jesús que habló de los que sean juzgados dignos de la vida futura. Ya se había referido al mismo tema en otra ocasión: “Y serás dichoso, porque no tienen con qué recompensarse. Se te dará la recompensa en la resurrección de los justos” (Lc 14,14).

 

La respuesta al planteamiento caricaturesco de los saduceos no es menos contundente. Jesús utiliza sus mismas armas: la Escritura. Toma como punto de partida la escena de la zarza que ardía sin consumirse (Ex 3,6). El Dios bíblico no es Dios de muertos sino de vivos. Al afirmar que es el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob se presupone que los insignes patriarcas siguen viviendo. Luego esa vida posterior a la muerte no puede ponerse en duda.

 

Al referirse a la escena mencionada, Jesús piensa que hay más de lo que nosotros hemos afirmado: el Dios de los padres, de los antepasados, que determinó su vida y finalidad, nos confiere la certeza de que es el Dios de la historia, de todo el futuro y, por consiguiente, seguirá siendo el señor de la vida. Dios es el creador. Un pensamiento que tenían que admitir necesariamente los saduceos porque esta creencia sí que se encuentra en el Pentateuco, Pues bien, si Dios es el creador debe ser situado más allá de los cálculos y medidas humanas; si Dios es el creador es el Viviente, cuya vida se derrama siempre sobre sus criaturas.

 

Jesús coincide en la afirmación de la esperanza de la resurrección. Esta coincidencia ya le había provocado el aplauso en otra ocasión: “Les respondió: “En este mundo se casan hombres y mujeres. Pero aquéllos y aquéllas que sean juzgados dignos de participar del otro mundo y de la resurrección de los muertos no se casarán” (Lc 20,243; el texto viene a continuación del paralelo al que estamos estudiando (Mt 12,18-27). Difiere radicalmente de ellos por su concepción egoísta y materialista de la misma. Rechaza de plano la concepción racionalista de la religión ofrecida por los saduceos, aunque su racionalismo sea religioso. Terminamos añadiendo una intervención que ha sido omitida en el texto bíblico ofrecido por la liturgia de hoy: “Algunos escribas dijeron: “Maestro, has hablado bien”. Y no se atrevieron a preguntarle más” (Lc 20,40).

 

A imitación de la madre de los Macabeos Pablo exhorta a los tesalonicenses (segunda lectura)a la permanencia en la fe y en la lealtad a la enseñanza recibida oralmente o por escrito Y les desea que  “el Señor Jesucristo y Dios, nuestro Padre” que, por puro amor les ha dado el consuelo eterno y la esperanza feliz siga consolándolos y fortaleciéndolos.

 

Termina Pablo pensando más en su obra que en su persona: que la palabra  (el Evangelio)  siga adelante,  a  pesar de los enemigos que se oponen a ella (Hch 17,16ss).  A pesar de las dificultades pasadas y los sufrimientos presentes él se mantiene firme en su preocupación por la comunidad. Y ésta debe seguir confiando en el Dios fiel: los hombres engañan, sólo Dios es fiel y poderoso.

 

Felipe F. Ramos

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